La historia de Emilio

Emilio fue desescolarizado desde preescolar, luego de muchos años practicando el aprendizaje ágil y autodirigido, ingresó a la escuela preparatoria y ahora contamos como ha ido

Claudia Mondragón

12/12/20253 min read

Emilio solo asistió tres años a un preescolar convencional. Después, su familia decidió desescolarizarlo. Así, tras apenas cinco minutos en primero de primaria, abandonó la escuela tradicional.

Durante los ocho años siguientes, Emilio vivió un proceso de educación libre y autodirigida.

Como madre, siempre me cuestioné si él era consciente del privilegio que implicaba vivir en libertad de aprendizaje. Imaginaba que quizá nunca se daría cuenta de la forma en que había sido educado, pues para él todo había sido natural: ser tomado en cuenta constantemente, participar en la resolución de conflictos, ser escuchado con empatía y mantener una comunicación activa y respetuosa.


A veces me preguntaba si me había equivocado, si lo había puesto en una burbuja, si me había enfrascado demasiado en intentar cuidar y controlar cada aspecto de su contenedor de aprendizaje, me quitaba el sueño el pensar si debía presionarlo mas e incorporarlo “al mundo real”.

Emilio acaba de cumplir 17 años y recientemente tuvimos una conversación que me llenó el corazón. En ella, por primera vez, le pregunté si pensaba que como madre me había equivocado, y si le hubiera gustado asistir a una escuela con una educación similar a la de la mayoría de sus compañeros de la colonia.

Su respuesta fue un "no" rotundo. Me dijo que hoy puede ver con claridad que recibió un regalo de la vida.

Le pregunté entonces cómo se había dado cuenta, qué había pasado para que pudiera discernir y comprender esa diferencia. Me dijo muchas cosas que me sacaron más de una lágrima, pero, en esencia, expresó que su manera de enfrentar los problemas es distinta: no vive con un nivel alto de estrés, se enfoca en buscar soluciones y reconoce que en su mente existe un mundo de posibilidades que le permite encontrar caminos con mayor facilidad.

También me dijo que entiende que una calificación escolar es solo un número y que no lo define.

Emilio acaba de cursar su primer año de preparatoria en una escuela pública. Tiene más de treinta compañeros en su salón de clase. Dice: “Me gusta ir a la prepa porque puedo jugar básquetbol y voleibol con muchos amigos”. Sin embargo, también expresa que si un profesor le pone una calificación alta o baja, lo entiende como parte de un juego que se juega ahí, pero no como algo que determine quién es. “Yo no soy un siete ni un diez”, me dijo.

Sabe que puede acercarse a su familia para hablar de cualquier cosa y que será escuchado. A su vez, reconoce que él escucha a sus compañeros, los comprende y logra conectar con ellos de una manera auténtica.

Cuenta que muchos le han dicho que es diferente, y él vive esa diferencia como algo positivo. Entiende que para buscar la plenitud en la vida necesita enfocarse en su propio esfuerzo, en la creación de su propio camino y en el respeto hacia sí mismo, hacia el mundo que habita y hacia los demás.

En ese momento me di cuenta de que no me había equivocado. Y que, incluso hoy, no cambiaría absolutamente nada de lo que le di, ni siquiera aquello que en su momento consideré errores. Porque desde mi ego y mi afán por corregirme como madre, podría modificar algo de lo que él es hoy. Y para mí, Emilio no tiene ni de más ni de menos: está completo.

Para mí, él es un claro ejemplo de alguien que busca continuamente su plenitud; que entiende que está aprendiendo todo el tiempo y que ha desarrollado, poco a poco, la habilidad de saber qué hacer con ese aprendizaje.

Está encontrando su lugar en el mundo, y nadie puede presionarlo con prisa ni con formularios de vida preestablecidos. Por supuesto que hay áreas de oportunidad, de él y mías, pero vamos a nuestro ritmo, las reconocemos, practicamos, abrazamos el error como parte del aprendizaje.

Somos afortunados.