La historia De Santiago

Historias de autodirección

CM

3/4/20263 min read

Santiago comenzó su camino de aprendizaje autodirigido a los 9 años. Un día decidimos que dejaría la escuela convencional para seguir sus propios intereses. La decisión no fue sencilla: mientras sus padres y su hermano estuvieron dispuestos a acompañarlo en la experiencia, sus abuelos se mantuvieron en desacuerdo durante varios años. A pesar de ello, la aventura comenzó.

Desde el inicio, Santiago exploró distintos intereses con profundidad. Uno de los primeros fue la carpintería: diseñó su propio escritorio de trabajo y, con ayuda de su padre, lo construyó e instaló en su habitación. Hasta hoy, a sus 20 años, sigue utilizándolo.

Con el tiempo, su curiosidad lo llevó hacia la tecnología. Alrededor de los 11 años, aprendió sobre Arduino y desarrolló un mecanismo que instaló en la puerta de su habitación, el cual podía abrirse desde un celular. También incursionó en las artes: practicó dibujo con su tía, quien es diseñadora, y juntos crearon diversas obras.

A los 15 años, su interés se dirigió hacia el mundo financiero. Invitó a un amigo y, con la guía de un trader, comenzaron a aprender sobre inversiones, tanto en moneda tradicional como en criptomonedas. Hasta la fecha, mantiene su dinero invertido.

Durante los aproximadamente diez años que vivió en un entorno de aprendizaje autodirigido, Santiago desarrolló una amplia variedad de habilidades prácticas. Aprendió, por ejemplo, a dar mantenimiento a automóviles, realizar cambios de aceite y resolver problemas cotidianos de forma autónoma.

En algún momento, alguien comentó: “Claro, es que él es muy inteligente; otra persona no hubiera podido”. Esta afirmación invita a una reflexión importante. Durante varios años, Santiago formó parte de una comunidad ágil y autodirigida en Querétaro CAAD, donde niñas, niños y jóvenes daban rienda suelta a sus intereses en un entorno colaborativo.

En esa comunidad, Santiago no solo desarrolló habilidades técnicas —como crear un sensor de humedad para plantas o ensamblar computadoras—, sino que también aprendió algo aún más valioso: construir comunidad y co-crear una cultura compartida. Participó en colectas, colaboró en proyectos y formó amistades profundas. De hecho, con uno de esos amigos fundó posteriormente una distribuidora de café veracruzano.

Entonces, ¿Santiago es inteligente? Sí, pero no en un sentido excepcional o exclusivo. La experiencia muestra que todas las personas poseen distintas formas de inteligencia. Lo fundamental es contar con un entorno que permita explorarlas, desarrollarlas y florecer a su propio ritmo.

Desde esta perspectiva, la idea de que cada persona es “buena solo para algo” se queda corta. El aprendizaje, cuando es guiado por el interés genuino, tiende a profundizarse hasta agotarse, dando paso a nuevas curiosidades, y luego a otras más. Estamos naturalmente dotados de curiosidad y de un impulso constante por aprender.

La vida es, en sí misma, profundamente interesante. Por ello, cabe preguntarse: ¿por qué destinar tanto tiempo y energía a tareas impuestas, a sistemas de calificación y a reglamentos rígidos, cuando existe la posibilidad de explorar el mundo, construir significado y aprender a vivir plenamente?

La autodirección no solo forma habilidades; cultiva personas capaces de conocerse, de relacionarse de manera auténtica con los demás y de participar activamente en la construcción de su propia vida.

Recientemente le pregunté a Santiago: “¿A qué quieres dedicarte?”. Mi mirada convencional —al ver la diversidad de cosas a las que dedica su tiempo— me llevó a pensar que debía especializarse y decidirse por un solo camino. Él me miró con curiosidad, tratando de darle sentido a la pregunta, y respondió: “¿Tengo que hacerlo?”.

Hoy comprendo algo distinto: somos multipotenciales. Para vivir una vida plena y con sentido necesitamos una diversidad de conocimientos y habilidades: cuidar de nuestro coche, de nuestra casa, de nuestras finanzas, de nuestras relaciones; cuidar del planeta que habitamos, de nuestra comunidad y de nosotros mismos. Nada de esto se limita a una sola carrera profesional, ni siquiera a la licenciatura en ciberseguridad que hoy estudia formalmente. Santiago no está dispuesto a renunciar al gozo profundo de aprender, explorar y experimentar cosas nuevas a lo largo de toda su vida.

Por supuesto, no todo ha sido sencillo. Soltar el juicio externo de familiares y amigos fue, durante mucho tiempo, un desafío constante. Los logros no llegaron de inmediato; requirieron paciencia, tiempo y la capacidad de sostener procesos largos. Hubo momentos de incertidumbre, diálogos complejos y la necesidad de recomponernos una y otra vez.

Como madre, este camino también implicó una transformación profunda: reimaginarme, desarrollarme más allá de lo que la escuela y la sociedad me habían enseñado, atreverme a salir de la norma. El miedo a equivocarme y las dudas estuvieron siempre presentes. Sin embargo, con el paso del tiempo, fueron perdiendo fuerza, dando lugar a una confianza más serena en el proceso y en la capacidad de Santiago —y de nosotros como familia— para construir nuestro propio camino.